«Arte Misterioso» por Emili Puigdemont

Existiría un Arte a imagen del cual se despliegan las artes. Todo parece indicar que ese Arte tendría lugar de puertas adentro y consistiría en la puesta en práctica de determinadas operaciones que tomarían como apoyatura el soporte fisiológico y sus ritmos.

La solidez como punto de partida desde el que encarar conscientemente la volatilidad errática que caracteriza nuestro anclaje mental en la tridimensionalidad… otras modalidades perceptivo/cognitivas de índole extracorporal (y aun supraindividual). La esmerada coronación del proceso emula en pequeño la obra del Creador, sólo que a la inversa … se parte de lo múltiple y se tiende hacia la Unidad y aun más allá de ella a la Fuente Misteriosa de la que emana la propia unidad y que a falta de un término mejor podríamos denominar la Nada Infinita . El objeto de este Arte ( y las herramientas que lo posibilitan) sería el propio Artista y no algo externo al operador … desde una parte de sí, el artista aspira a abarcar su totalidad ( que para eso y no para otra cosa ha sido llamado, formado , hecho) la cual coincide con la Totalidad universal, origen y ultérrimo destino de todo lo credo y aún de lo increado .

Parece lícito sugerir que la simbólica substancia objeto de este Arte, puede ser «sublimada», «calcinada», «destilada», «condensada», «pulida», «licuada», «tallada», «fundida», «volatilizada» … es susceptible en definitiva de ser tratada de manera similar a como se trata la materia sensible, la cual, desde esta perspectiva sería su proyección en el ámbito físico. Lo interno posee cierto gado de materialidad y de manera parecida, lo externo conserva cierto grado de inmaterialidad; sin ese sutil acuerdo, sin la presencia de un sustrato común, sería vano acometer la empresa de efectivizar la Totalidad.

Podríamos visualizarlo también como un periplo que discurre por orografías invisibles ( y puede concluir de diversas maneras ) pero extrapolables a los parajes tridimensionales ya que todo se espeja . Praderas interminables, desiertos sulfúreos, remansos de paz, regiones convulsas , atalayas maravillosas desde las que poder gozar de una visión de conjunto así como hondonadas infernales señoreadas por la angustia y la desesperación. Valles, cordilleras, océanos, cielos, ciudades de luz y ciudadelas tenebrosas. Los estados anímicos serian tal que lugares y estados anímicos de la energía creadora los cambiantes aspectos de los lugares orográficos. . Estados/estadios donde se conjugan de manera diversa los principios primordiales derivados de la escisión inicial, una escisión tan sólo aparente puesto que sin el vínculo inmanente, siempre presente, con la Fuente misteriosa todo se desvanecería al instante . Todo se espeja: Diversos serian los atuendos de los actores del elenco celeste pero una sola y la misma la obra que representan sincrónicamente en todos los escenarios del gran teatro del mundo

«Por ello, sin duda, a menudo se confunde la espiritualidad con el sentimiento religioso y la intelectualidad con el divagar filosófico.».

Para un tipo humano en el que la conciencia egótica no se hubiere desarrollado unilateralmente, acaso las transformaciones que se dan cita en su ánimo, lejos de ser equívocos reflejos que promueven la automática e inconsciente identificación con un rosario de yoes fantasmales, pudieran ser el equivalente interno de los principios que mantienen su perenne combate en el escenario de la naturaleza (ella misma fruto y a la vez expresión viva de esa perenne tensión).

Dicho de otro modo, lo psicológico no sería tanto aquello que define el verdadero «carácter» de un ser humano como una serie de fenómenos que ocurren en uno a imagen de lo que fuera de uno ocurre ( el trasiego cosmogónico ) … algo, en todo caso, de lo que se puede prescindir puesto que no constituye lo más esencial de entre todo aquello que nos puebla ya que ocupa un espacio intermedio del que conviene alejarse, aunque sea difícil, tanto como abandonar una corriente de aguas embravecidas que nos arrastra, querámoslo o no, torrente abajo.

Hay una tendencia en la naturaleza, tan legítima como lo puedan ser otras, en la que prevalece lo oscuro, la decadencia del proyecto humano y en última instancia su autodestrucción. No se alude aquí a aspectos necesariamente “demoníacos, nada tan maligno como la banalidad.

Se puede intervenir y modificar este estado de cosas mediante determinados acciones que el artista ejercería sobre sí a partir del entramado fisiológico, sus ritmos y su incidencia en el plano mental ( el carrusel de asociaciones mentales generadoras de emociones de ese falso centro de gravedad que ingenuamente denominamos “yo” ) Estas acciones no se traducen en meras rectificaciones de los contenidos de la psique, sino en un paulatino vaciado del receptáculo del entendimiento a fin de favorecer el contacto con el vértice de donde emana el pensamiento y la Creación entera que en eso y no otra cosa consistiría la edad verdaderamente adulta. Este proceso compromete a la totalidad del ser y estaría jalonado por una serie de transformaciones que podemos ver reflejadas en las fases que signan todo proceso de crecimiento.

Desde este punto de vista la intelectualidad no sería una facultad circunscrita exclusivamente al orden racional como se entiende hoy día sino aquella capacidad que permite al pensamiento compenetrarse con la substancian de que está hecho, su materia prima, por así decir, anterior a la subsiguiente diferenciación en configuraciones de orden racional, emotivo, instintivo o aquellas que desencadenan procesos destinados a materializase en la esfera sensible. De ahí que en su acepción superior , intelectualidad y espiritualidad sean términos sinónimos que aluden al conocimiento en estado puro. Es en esa dirección que habría que concebir el término intelectualidad, tan malinterpretado de ordinario. Conviene recordarlo porque es propio de un mundo invertido alterar, desnaturalizar, de hecho, la significación intrínseca de los términos. Por ello, sin duda, a menudo se confunde la espiritualidad con el sentimiento religioso y la intelectualidad con el divagar filosófico.

Predomina el desconocimiento de los resortes del pensamiento y su consiguiente infravaloración al reducir el misterio del pensar a lo puramente discursivo en detrimento de las posibilidades que su receptividad puede dar de sí a poco que tome contacto con determinados vehículos diseñados para dinamizarlo y encaminarlo hacia áreas de conciencia cualitativamente superiores al mero raciocinio y se esté lo suficientemente alerta como para advertir la sutileza de los procesos que concurren en esa epifania.

Esta vigilia permanente, este «acecho» que caracterizaría el modo como se ubica el artista en el campo de batalla cosmogónico, conlleva la paulatina desidentificación respecto de los contenidos que enturbian por sistema la mente y la desconexión deliberada de los vórtices que estimulan sin solución de continuidad el circuito perceptivo ordinario marcado por la dependencia de los sentidos, los instintos primarios y la necesidad de afirmar incansablemente un mero constructo situacional al que denominamos “yo” , ese falso centro de gravedad que consuma una separatividad ilusoria respecto al resto de la Creación y nos circunscribe, nos encadena de hecho, a los dimes y diretes de un personaje ficticio fruto de la socialización y el condicionamiento genético que se vive a si mismo como el núcleo esencial alrededor del cual orbita lo viviente. La identificación con los contenidos de ese flujo artificiosamente coagulado es letal.

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