«El niño que no sabía leer» por Alberto López

Érase que se era, un niño que no sabía leer.
No era ni listo ni tonto, pues todos somos listos para unas cosas y tontos para otras.
Era sólo que ese niño venía de una familia pobre, que tampoco era mejor ni peor que nuestras familias, era sólo que no había podido enviar a su hijo mayor a la escuela.
La escuela estaba lejos, tan lejos que había que atravesar una selva y una montaña, y el niño no se atrevía a enfrentarse a los animales de la selva ni al frío de la montaña.
Un día, harto de no saber leer, el niño decidió enfrentar sus miedos. Y el miedo, al ver que el niño era tan valiente, hizo lo único que sabe hacer en estos casos…desapareció, pero no antes de decirle unas últimas palabras:
— Nunca me confundas a mí, el miedo, con tu amiga, la prudencia. A veces parecemos iguales, pero no lo somos: Yo te ato y no dejo que sigas tu camino, ella sólo te aconseja como seguirlo de mejor manera.
Con estas palabras en la mente y su amiga la esperanza en el corazón, el niño cogió un poco de pan y una vieja linterna.
Y así emprendió el camino hacia sus sueños, pues, a veces, los sueños viven lejos y el camino que nos lleva hasta ellos es largo y difícil, aunque si son nuestros verdaderos sueños, siempre encontraremos quien nos ayude a llegar.
El niño pronto llegó al borde de la jungla donde se decía que vivían animales increíbles.
Vivía el tigre, del que se decía que era tan fiero que sólo con su mirada podía matar al hombre más fuerte.
También se decía que vivía un oso con la lengua tan larga que podía llegar al mismo centro de la tierra y comerse las raíces de los árboles que allí se encontraban.
También se decía que vivía un águila que volaba tan alto que hasta la propia luna la envidiaba.
Sin olvidar ser prudente y sin olvidar ser valeroso, nuestro amigo empezó a adentrarse en la jungla, atento a cada sombra, pues en ella podía esconderse un terrible enemigo o un increíble tesoro, que a veces, sólo a veces, resultan ser lo mismo.
En la jungla el niño oyó un llanto, un sollozo cargado de tanta pena y dolor que a él también se le saltaron las lágrimas.
Movido por la compasión, el niño se asomó a un claro donde vio el más bello animal que se hubiera podido imaginar… Era un gato ¡El gato más grande del mundo!
El gato lloraba desconsolado, y el niño, tras consultar a la prudencia y sin oír al miedo, se acercó y le preguntó:
— ¡Hola! ¿por qué lloras?, ¿estás malo?
— Sí —dijo el gato— estoy tan solo y tan triste que he enfermado.
— ¿No tienes amigos? —pregunto el niño.
— No —dijo el gato— nadie quiere jugar conmigo.
— Eso no es así —dijo el niño— ¡yo sí quiero! —y con una sonrisa, el niño se acercó y abrazó al gato.
Durante horas jugaron, y al caer la noche el niño ya cansado le dijo:
— Debo irme, me queda un largo camino hasta la escuela y si me demoro demasiado el profesor se enfadará.
Antes de irme dime tu nombre, pues todavía no lo sé, y sabiéndolo podré agradecerte el que hayas jugado conmigo.
— ¡Tigre! —dijo el gato, bajando la mirada avergonzado.
— ¡Tigre! —exclamó asustado el niño— ¡pero si tú eres muy bueno y el tigre es malvado!
— ¡No! —dijo el gato-tigre— yo no soy malo: sólo hago lo que debo hacer, lo que corresponde a como soy, pero nunca he hecho daño a mis amigos. ¡Debo ser como soy! —dijo el tigre.
El niño reflexionó un momento y dijo:
— Lo entiendo. Yo tengo que ser como soy y seguir mis sueños… Imagino que tú también debes ser como eres, aunque los demás no te entiendan.
— ¡Claro! —dijo el gato-tigre— y abrazó al niño con un amor y una dulzura que llenó el corazón del niño.
— Ya tienes un amigo, y aunque ahora no nos veamos, mis sentimientos y mis palabras siempre te acompañarán —dijo el niño.
— Lo mismo digo —dijo el gato-tigre— y te prometo que intentaré aprender a jugar solo, para no depender de nadie.
El niño siguió su camino, y al rato vio un extraño animal que metía su hocico en el suelo como si quisiera comerse la tierra.
— ¡Qué raro eres! —dijo el niño acercándose— ya ni mis hermanos pequeños se comen la tierra, ¡y son casi bebés!
— El oso hormiguero se rio— ¡No como tierra! —dijo riendo— Me como las hormigas que escalan esos árboles y devoran sus frutos.
— ¿Las hormigas? —dijo el niño sorprendido— ¡Yo creía que te comías las raíces de los árboles!
— No, —dijo el oso— los árboles son mis amigos y cuido de ellos, y a cambio ellos me dan sombra y me dejan que coma algunas de las hormigas que les escalan.
— Entiendo —pensó el niño— ahora sé dos cosas más —continuó.
— ¿Cuáles? —dijo el oso.
— Que un oso hormiguero no come raíces sino hormigas, y que no debo juzgar lo que no conozco sino esperar a conocerlo mejor.
Y con una sonrisa el niño continuó su camino.

Pronto la jungla se acabó y empezó una alta y fría montaña.
El águila vio pronto al niño. Tenía una vista increíble que le permitía ver todo, salvo el camino que llevaba a sus sueños.
El águila suspiró, volaba todo lo alto que podía volar un ave dominando el cielo, pero nada había que la entusiasmase, nada que constituyera un reto. Todo era fácil, repetitivo y monótono. Dominar el cielo se había convertido en una rutina que desesperaba al águila ávida de aventuras.
El águila se posó junto al niño que rápidamente le preguntó cómo se llegaba a la escuela.
— ¿La escuela? —dijo el águila— está muy cerca, a apenas 100 aleteos de distancia…
— ¿100 aleteos? —dijo el niño— ¿cuánto es eso en pasos?
— No lo sé, para mí es todo tan fácil que no miro esas menudencias —dijo el águila airada.
— ¡Pues las menudencias son importantes! —dijo el niño— En los detalles están las diferencias.
— ¿Detalles? —dijo el águila— Cuando se vuela tan alto como vuelo yo, todo se desdibuja y parece una gran acuarela en la que apenas distingo nada.
— ¡Eso es porque estás demasiado tiempo arriba en las nubes! Si no te posas nunca no puedes apreciar los detalles y no sabrás distinguir las señales que te indican tu camino.
— ¿Mi camino? —dijo el águila.
— ¡Claro! tu camino. Todos tenemos un camino, pero si no prestamos atención no lo podemos ver, porque las señales se ocultan en los pequeños detalles y sólo los encuentran los buscadores más observadores.
— Entiendo —dijo el águila— por eso no debo mirar todo desde tan lejos.
— ¡Ni desde tan cerca! —dijo el niño— Siempre debemos buscar la perspectiva más adecuada: ni tan lejos que no veamos los detalles, ni tan cerca que no veamos el conjunto. Volar siempre a la altura adecuada o cambiar esa altura según sea adecuado.
— El águila sonrió— Con esta nueva perspectiva seguro que veo las señales que antes se me ocultaban y podré encontrar mi camino.
— Pues ahora te dejo —dijo el niño— después de todo, yo tengo que recorrer mi propio camino. Los caminos no sólo se ven y se encuentran, también hay que recorrerlos paso a paso.
— O aleteo a aleteo —dijo el águila riendo.
— Claro —dijo el niño— cada uno a su ritmo, según su ser.
Y riendo, el niño, prosiguió su camino. Un camino que le llevo a la escuela, donde el maestro le esperaba.
— ¡Hola! —saludó el niño.
— ¡Hola! —contestó el maestro— Te esperaba —dijo con orgullo no disimulado en la voz— Eres el más valiente de mis alumnos: has cruzado una selva y una montaña para venir a la escuela. Seguro que aquí aprenderás mucho —continúo diciendo el maestro.
— Ya aprendí mucho en el camino hasta aquí. —dijo el niño— Aprendí a distinguir el miedo y la prudencia, a no juzgar sin conocer, a ver mi camino desde la perspectiva adecuada, a no confundir estar solo con la soledad, y que el camino de los sueños se recorre con pequeños pasos o con grandes aleteos.
— Y una cosa más puedes aprender: —dijo el maestro— Que la mejor forma de aprender es enseñar.
Y abrazándole le condujo a su aula.

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