«Encuentro con Ram Dass» por Ana María González Garza

Era un caluroso verano en el que 118 personas de diversas partes del mundo participamos y compartimos -a lo largo de dos semanas- conocimientos, sentimientos, emociones y experiencias inolvidables. Hombres, mujeres, jóvenes y viejos provenientes de centro y Sudamérica, de Europa, de Norteamérica y unos más que venían desde el lejano oriente nos reuníamos día a día en un gran salón rodeado por uno de los hermosos jardines boscosos del campus universitario.

Cada mañana nos acompañaba un maestro diferente entre los cuales se encontraban: Carl Rogers, Erwin y Miriam Polster, Paul Brener, John Wood, Laura Huxley, Maureen O´Hara, Natalie Rogers y María Villas-Boas que, entre otros pensadores de diversas disciplinas e ideologías, compartían con el grupo sus conocimientos y expereriencias a través de diversas técnicas, prácticas y ejercicios. Por las tardes, nos reuníamos en pequeños grupos en los que se procesaba la experiencia vivida durante la mañana. Gran parte del grupo esperaba con ansias el día en el que Baba Ram Dass estaría con nosotros que, por cierto, era el último día previo a la sesión de clausura del encuentro. ¿Quién es Ram Dass? me preguntaba al ver la enorme expectativa y la emoción de los miembros de aquel grupo que esperaba la llegada del conferencista que estaría con nosotros durante aquella mañana.

No tenía idea de quien era ese personaje del que todos hablaban y de quien había fotografías por todo el campus. Tenía curiosidad por conocerlo, pero no me entusiasmaba gran cosa lo que pudiera aportarme ya que mi interés se centraba básicamente en el enfoque rogeriano y su aplicación al ámbito de la educación. Se llegó la mañana en que estaríamos con Ram Dass, el entusiasmo, la algarabía y la euforia del grupo que era casi explosiva. De pronto, sin saber por qué, el silencio reinaba en el salón y todos se iban sentando sobre la mullida alfombra en una actitud expectante. Nadie había tenido que pedir al grupo que se sentara y guardara silencio como había sido en los días anteriores a la llegada del conferencista en turno. En medio de un silencio expectante, en el umbral de la puerta apareció Ram Dass. Un hombre joven, alto, atractivo que vestía una túnica blanca que le cubría hasta los pies. La barba rubia le llegaba al pecho y su cabello, también rubio y largo, enmarcaba una cara serena y muy apacible- Iba acompañado de un joven hindú que portaba una cítara. Sin emitir una sola palabra, Ram Dass se sentó sobre un gran cojín, cerró los ojos, permaneciendo así por algunos minutos. Por primera vez fui consciente de la energía del grupo que en aquel instante era casi tangible.

Después de un rato que me pareció eterno, abrió los ojos y fue recorriendo lentamente con su mirada a todos los que ahí nos encontrábamos. Pude darme cuenta como se detenía en este recorrido cuando alguien esquivaba su contacto visual. Cuando sus ojos de un azul intenso, de una serenidad y calidez impactante se detuvieron en mis ojos, sentí un calor avasallador en el centro del pecho y me inundó una gran emoción y un fuerte sentimiento de paz y tranquilidad. Unos minutos después empezó a hablar con una voz profunda, clara, serena.

Me encontraba sentada sobre una pequeña mesa al fondo de aquel gran salón circular. Mi sensación era de una serenidad y de un bienestar inefable. Hubo un momento en el que tuve que asirme a la mesa pues mi sensación era la de estarme elevando en el espacio. ¿Qué me estaba sucediendo?… Me experimentaba -como nunca antes- plenamente yo misma, totalmente presente y en unión con aquel grupo de gente al que percibía como un sólo ser que vibraba y respiraba al unísono. Era el primer contacto consciente de comunidad, el primer momento de unidad que yo experimentaba en aquellos quince días.

Las palabras de Ram Dass penetraban a una dimensión que iba más allá del intelecto -en la que yo me movía como pez en el agua- a un espacio en el que la comunicación tocaba la esencia. Suavemente las notas de la cítara inundaban el espacio y empapaban el alma, el canto del OM al que todos nos unimos se inició espontáneamente. Las notas ya no provenían de la cítara, ni las voces de las gargantas, sino de lo profundo del corazón. Una sóla voz de aquel ciento de voces, un solo corazón de aquel pequeño mundo de seres. Las palabras de Ram Dass nos invitaban a descubrir al Ser, aquel que se encuentra dentro de cada uno de nosotros, aquel que constituye la esencia del yo, del tú, del nosotros, de la comunidad humana, del mundo y del cosmos. No hablaba de conceptos, teorías, hipótesis, variables y tesis, simplemente, sin consejos ni consejas, sin expectativas ni objetivos a alcanzar nos iba transmitiendo de manera sencilla, abierta, humilde, clara y cálida el significado que tiene el ser parte y partícipe de la Totalidad, del Ser.

Empiezo a vibrar internamente ante la presencia del Amor. No sé en que momento cerré los ojos, pero al abrirlos experimenté lo que hoy llamo el milagro del encuentro. Frente a mi se encontraba una persona a la que había yo visto en los días anteriores y, que sin ningún motivo, me provocaba una sensación de desagrado y rechazo. A sus veinticinco o treinta años, tenía la apariencia de un hombre depresivo. Su cara marcada por la viruela se encajaba en un enorme y obeso cuerpo, y el sudor le chorreaba por todo el rostro y por su escaso cabello opaco de color de la paja. Su imagen estaba ahí, frente a mí al abrir los ojos, pero entonces su inmenso cuerpo irradiaba una luz brillante y dorada, su redonda y rubicunda cara era la imagen de la serenidad, del amor, de la belleza, esa belleza interior que yo no había podido descubrir al verlo con los ojos de la carne.

El milagro del encuentro se dio en aquel momento sin tiempo, en aquel lugar sin espacio, con aquel hombre desconocido y con aquel grupo heterogéneo que se unía en un canto de alegía y gratitud: Hallelujah, Hallelujah… El milagro del encuentro se produjo cuando pude trascender el intelecto y dejar de preguntarme y tratar de responder que estaba sucediendo; cuando logré ir más allá de lo que los ojos de la carne pueden ver y de lo que la cultura y la educación me han dicho que es estéticamente bello; cuando pude deshacerme de mis prejuicios y contemplar a otro ser humano. Así, sin palabras, sin nombres, sin ideas, ni conceptos, sin ningún otro contacto más que el visual, descubrí a Dios en aquel ser humano y al hacerlo lo descubrí a en mí, en todos los seres y las cosas creadas, en la naturaleza, en el mundo y en el cosmos.

«Aquí-ahora, eres, soy, somos en la unidad.».

El tiempo reloj, llama al almuerzo, y yo me siento en un estado de plenitud que me parece inconcebible que alguien piense en comer. A la vez que siento un profundo contacto conmigo misma, que me vivo plena y en paz, hay en mi una cierta inquietud, de temor por la intensidad de esa experiencia y por mi deseo de prolongar aquel momento de unidad profunda. Con esos sentimientos me acerco a la puerta de salida y Ram Dass está ahí, despidiéndose de algunas personas. Lo miro a los ojos, me mira y me toma las dos manos y me dice: «This is eternity, do not worry, it´s okey”. Mi inquietud desapareció y me di cuenta de que Ram Dass me había permitido experimentar un instante de plenitud. ¿Como poder comer cuando el alma está plena?, ¿quién puede tener hambre después de aquel espléndido banquete?…. Me dirigí a mi pequeña habitación que se encontraba en el mismo campus de la universidad y me acosté en el suelo, junto a la cama. El sol entraba por la ventana a mi espalda y sus rayos abrazaban mi cuerpo. Cerré los ojos, entré en contacto con mi centro en un acto de amor pleno y perfecto. ¿Horas…. minutos?… no se cuantos. ¿Ideas, conceptos?… ninguno. ¿Palabras?… no alcanzan para expresar la vivencia de ser yo misma, de saberme yo misma, ser consciente de mí individualidad y a la vez experimentar una unidad total con Dios. El despertar de mi consciencia a la Conciencia, esa dimensión atemporal que existe en todo ser humano, mi vida y me quehacer en el mundo cobran un sentido y un significado que abre un nuevo camino dirigido hacia la búsqueda de la Verdad, hacia el desarrollo de mi espiritualidad, hacia el encuentro con el Ser. Hoy, más de treinta años después, experimento una gratitud profunda a Ram Dass por haberme facilitado el camino hacia un despertar que cambió mi vida entera.

Texto: Ana María González Garza

Ana María González Garza es Doctora en desarrollo humano transpersonal, con Maestría en orientación y desarrollo humano y Licenciatura en Psicología Educativa por la Universidad Iberoamericana (UIA) Ciudad de México. Directora del Departamento de Educacióny Desarrollo Humano (UIA 1991-1999). En 1986 introduce el enfoque transpersonal en los planes de estudio de los programas de Maestría y Doctorado. Profesor Numerario de la UIA. Investigadora y autora de ocho libros,un centenar artículos y coautora en la publicación de 10 libros. Conferencista en eventos académicos y congresos nacionales e internacionales. Actualmente dedicada a la investigación, la docencia y la asesoría educativa en universidades de la República Mexicana.

Enlaces: https://www.gonzalezgarza.com/